Interpretación social del jazz en Vitoria

Agosto 23, 2007

“Es preciso desmitificar la intelectualidad del jazz. El jazz nació en antros de afroamericanos de perfil socioeconómico bajo. Se nutrió de noches largas y llenas de humos diversos. Otra cosa es que en Vitoria nos empeñemos en asignarle un toque classy y para vitorianos de toda la vida (los dichosos VTVs).

El jazz no es intelectual, no es Woody Allen maltratando su clarinete para una audiencia snob que se autovaloraría (equivocadamente en la mayoría de los casos) como neoculta, sino que tiene mucho más tufo a opio, a clubs turbios y a la calles de los barrios más populares. Porque de esos precursores, nadie lo hacía con las pretensiones de Allen, sino que era sencillamente su forma de vida y la mejor manera de expresarse. Por suerte, Allen firma mejores pelis que conciertos, aunque aquí llenó el Teatro Principal, cosa que no consigue con sus estrenos de cine. Si es que anda que no somos raritos…

Vitoria es más propicia para ejecutadores de partituras que para creadores de estilos. ¿Será cosa de la tan enfatizada como poco demostrable calidad de vida local? ¿O que somos de mezclarnos poco?

También es preciso otorgar al acid jazz su digno lugar dentro de la cultura de clubs y del baile. Fue una época de fusión entre USA y UK de suma importancia para lo que conocemos como música negra hoy en día. Nacida debajo del amplísimo alero que surgió del revival mod de los 80 en Londres (y en Vitoria también, y a un nivel más que memorable) con guiños intercontinentales a los evolucionadores del boogie disco, be bop (muchos beboppers se movían entre los que habían sido expulsados hasta los márgenes de la sociedad, muchos se describían a sí mismos como beats, un diminutivo de beatitud, los benditos oprimidos de la sociedad).

Parece increíble leer barbaridades nacidas del chauvinismo vitoriano en su periódico por excelencia, que pretende que el propio jazz deba adaptarse a su idiosincrasia, pasando por alto que el caldo de cultivo del que surgen las culturas no es precisamente el intercambio a base de saludar con la cabeza al conocido en el tontódromo.

Y mientras nos miramos el ombligo aquí, cada año hay festivales de pueblos y barrios que programan con mejor criterio y calidad. En la misma comunidad de Madrid hay cuatro o cinco festivales que ya superan al vitoriano. De hecho, Elton John, el que plantó al gabinete Alonso a la cara, estuvo en el de Collado Villalba (pueblito a las afueras de Madrid), aunque no hicieron negocio con él y tampoco tiene demasiado sentido en un festival de jazz. Edito: no tiene ningún sentido, pero la tendencia a los macroeventos actuales adormece a la razón y produce monstruos. Pero al menos el coleccionista de gafas horribles fue y tocó, cosa que aquí no hizo.

Curiosa esta interpretación social como evento anual dentro del sota, caballo y rey cultural y social de la provincia. El jazz tiene que salirse del estiramiento y entrar de lleno en los clubs de música. No vale eso de programar jazz una semana al año para ponerse la medallita y el resto mantener a la parroquia en sequía cultural, o a base de cultura de garrafón.”

Artículo que publiqué en el Diario de Noticas de Álava con motivo de la 31ª edición del Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz, en julio de 2007, bajo seudónimo parcial para que sólo los buenos entendedores supiesen del autor. No tenía ninguna intencionalidad de protagonismo por mi parte, es el único motivo por el cual firme como Chl-lgl es para quien lo lea y me conozca lo sepa, y quien lea y no me conozca, pues eso, que mejor siga sin conocerme, que no es por ampliar circulo social por lo que escribo y creo que se aprecia en el contenido del artículo además de manera evidente ;)

Lo que no se mencionó en dicho artículo, es que era una respuesta en contexto de un suplemento que hizo El Correo en el cual hablaban del jazz de una manera bibliotecaria, e incluso llamando poco culto al acid jazz. Poco culto es quien no sabe lo que hay detrás del acid jazz y se deja contagiar por los estereotipos. Ya me gustaría un debate de Eddie Piller o Gilles Peterson con el plumilla ramplón que se columpió con esa afirmación en el periódico patatero por excelencia.

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